sábado, 30 de junio de 2012

La mente inquieta

Tuve la suerte de estar no hace mucho en otro magnífico taller con Ramiro Calle, del que no se para de aprender cuando se está junto a él. Se hablaron de montones de cosas muy interesantes y pudimos disfrutar largo y tendido de su siempre inspiradora presencia y clarividente discurso.

En cierto momento del debate un compañero preguntó y surgió el tema de los pensamientos rumiantes. Creo que no necesitan explicación... el que más el que menos los sufre a diario. El típico run-run que no te quitas de la cabeza... esa idea o preocupación que nos atenaza de vez en cuando... ese problema grandísimo que tenemos que parece que nunca se va a solucionar, ni nadie nos puede ayudar y que como descuidemos puede desembocar en la extinción inminente de la raza humana y de todo rastro de civilización "inteligente" en nuestro planeta...

Vale, estoy exagerando... pero es que somos así... Algunas veces, sin motivo objetivo ni aparente, solemos caer en la trampa mental de crearnos "falsos" problemas o de magnificarlos sistemáticamente. No sólamente eso... sino que además les cogemos un "apego" tal que no nos separamos de ellos ni para ir al baño... llevándolos con nosotros a todas partes en todo momento.

Mi padre, muy sabiamente, de pequeño me recordaba de vez en cuando... "No te preocupes... ocúpate", cuando detectaba que andaba "histérico" con algún tema que empezaba a sobrepasarme.

La lectura es simple, haz lo que honestamente puedas y buenamente esté en tu mano, todo lo demás, sobra... como muy acertadamente reza la vieja reflexión:

"Si tiene solución... ¿para qué te preocupas? y si no la tiene... ¿para qué te preocupas?"

Todos la conocemos y nos resulta tremendamente obvia... entonces... ¿cual es el oscuro motivo que hace que nos cueste tantísimo ponerla en práctica?.

Eso es lo que nos trae de cabeza... no poder controlar nuestro propio órgano pensante,  porque esa misma cabeza es la que nos "engaña" muchas veces o simplemente va "por libre"... y nos mete en unos berenjenales mentales en los que nunca pedimos entrar, pero que en los que muchas veces nos vemos metidos "hasta las axilas".

Eficiencia mental


A mi me pasa, como a todo el mundo, que de vez en cuando me levanto con una canción "metida" en la cabeza... y no sale ni con agua caliente, es peor que un picor insistente (y según de quien sea la canción más peligroso...). Parece como si solo puedes dejar de tararear esa canción si alguien te sugiere otra... pero acabas atrapado en una desesperante "paradoja musical".

Creo que tenemos en este tipo de anécdotas un ejemplo magnífico de lo tremendamente sistemática que es nuestra mente y su tendencia a entrar en rutina... a quedarse trabada en ciclos repetitivos que por momentos pueden resultar en un comportamiento más o menos obsesivo, y sobre todo lo peligrosamente "autónoma" que puede llegar a ser (más de lo que nos pensamos...). 

Deberíamos ser capaces de poner a funcionar nuestra mente de forma dirigida. Es decir, pensar cuando hay que pensar, de forma planificada y consciente hacia un objetivo, con control (mente grande), atando en corto al corcel desbocado para que no se vaya por los cerros de Úbeda (mente pequeña), y descansar la mente cuando hay que descansarla. El problema es que no siempre es fácil, y más si además no estamos acostumbrados.

Pensar cansa... y mucho, y si no hemos pedido pensar... ¿para qué agotarnos?. La mente es como un pura sangre que necesita de un buen jinete, nuestra conciencia, para poder sacarle el máximo partido posible, pero sobre todo, para que no muera por extenuacion.

Como dice ese anuncio publicitario de neumáticos, del que ya se ha echado mano alguna vez:

"La potencia sin control, no sirve de nada".

Tenemos claro que un músculo sometido a estrés, sobresfuerzo o mal uso se contractura, fatiga o sobrecarga... pero a veces no tenemos conciencia de que al cerebro le pasa exactamente lo mismo. El cerebro, fisiológicamente,  consume recursos (glucosa, fundamentalmente) y se fatiga (dolores de cabeza, migrañas, visión borrosa, etc...), pero mentalmente, unos malos hábitos pueden desencadenar en otros tipos de trastornos (tensión, estrés, ansiedad, depresión, etc...).

Por ello tenemos dos magníficos motivos por los que aprender a parar y controlar nuestros pensamientos:
  • No gastar más energía de la necesaria
  • Evitar posibles trastornos psicológicos a medio y largo plazo
Para ello debemos ser capaces de controlar la mente y el primer paso, es aprender a "callarla".

Domando la mente


Curiosamente, una de las cosas que más nos cuesta es "no pensar". Somos capaces de tirarnos en el sofá y no hacer nada... no mover ni un músculo... (alguien dijo siesta...?) pero nos cuesta horrores dejar de pensar. Acallar la mente... descansarla.

Desde pequeños aprendemos montones de cosas, recibimos educación física para tratar de mantener un cuerpo que nos sirva mejor, y procuramos llenar la cabeza con un montón de conocimiento pero lo que no nos enseñan es educación mental.

Usamos la mente como un almacén y tenemos que aprender a usar la mente de forma autónoma para hacer uso de ese conocimiento o para inferir otros nuevos, pero nadie nos dice como... Todo es un proceso que vamos descubriendo por nosotros mismos y que forja nuestro carácter, nuestra forma de ser... en base a lo que aprendemos, nos educan, vivimos, sufrimos, etc...

Básicamente podríamos decir que la mente puede estar en tres estados, llamémoslos, por ejemplo...

  • Productivo
  • Ruidoso
  • Calmado

En estado productivo, para la mayoría de los mortales, solo nos la encontramos muy de vez en cuando. Cuando realmente tenemos pensamiento consciente. Es decir, ponemos a nuestra mente a trabajar a nuestro servicio. Así debería ser siempre que estuviera "funcionando".

Calmada no está casi nunca, y por contra, el resto del tiempo está casi siempre en un estado "Ruidoso"... por libre... haciendo run-rún, o dejándose invadir por pensamientos de todo tipo y distinta índole.

Tenemos claro que el estado "ruidoso" no es deseable, y por tanto la mente debería funcionar, de forma óptima, oscilando entre los estados "Productivo" y "Calmado".

Llegados a este punto, la pregunta que parece obvia y que además se puede considerar "del millón de dólares"...

¿Como eliminamos el ruido de nuestra cabeza?


En el enlace de el principio se explican técnicas, pero yo voy a tratar de sintetizar y hablar en base a experiencia propia en lo poquito que he conseguido, pero que sinceramente considero que me ayuda.

Lo primero y más importante es tomar conciencia del run-rún, del pensamiento rumiante (o histérico u obsesivo) y no dejarse llevar por él. Impedir el "rapto mental" e intentar ir desplazándolo hacia afuera poco a poco y a la más mínima sospecha de sufrir un pensamiento rumiante (como cualquier otro pensamiento negativo) procurar apartarlo de nuestro escenario mental... tantas veces sea necesario, con paciencia, constancia y determinación (nadie ha dicho que sea fácil).

Al mismo tiempo hay que procurar ir ganando espacio de quietud entre pensamientos, y procurar que éstos sean productivos. Ésto se puede tratar de conseguir mediante algún tipo de meditación activa, es decir, a grosso modo, tener conciencia de lo que se hace sin dejar ser "violado" mentalmente por otros pensamientos. Así, si estoy haciendo cualquier actividad (planchar, lavarme, pasear, etc..) procuraríamos centrarnos en ello, sin dejar distraernos por ningún pensamiento; no como hacemos casi siempre que aprovechamos para "pensar" ya que estoy haciendo algo "rutinario"...  (rutina, esa gran trampa de la mente).

Esta técnica me permite además centrarme mejor en lo que hago y probablemente hacer las cosas mejor y de forma más eficiente (combatir la hiperactividad, centrarse mejor).

Con el tiempo se puede pueden probar técnicas de meditación "tradicional" donde ya sí se requeriría algo más de disciplina e invertir un tiempo en meditar específicamente. Hay montones de guías de meditación, pero lo fundamental es sentarse erguido, cómodo, cerrar los ojos, calmar la respiración... la mente... centrándonos en por ejemplo nuestra respiración y muy pendientes de expulsar cualquier pensamiento que nos invada... volviendo a tomar conciencia de la respiración... e intentando "vaciar" nuestra mente.

Al principio una música apropiada puede ayudar (melodía instrumental muy suave...) al igual que usar algún tipo de "fijador" (un objeto que observar para fijar nuestra atención en él).

Cuando se practica iremos notando que la desesperación inicial porque suene la alarma de los 5 minutos   (ese será el principal pensamiento rival a batir...) irá desapareciendo, y podremos ir prolongando los tiempos de meditación, que además se irán haciendo más placenteros (en lugar de estar nerviosos en impacientes), pudiendo disfrutar de una sensación de "reseteo mental", de calma y de quietud muy gratificantes.

La meditación no tiene porqué ser divertida, y sobre todo al principio no es fácil, como decía Mario Benedetti:

"Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio."

...pero con el tiempo se agradecen sus muchos beneficios.

Ese precioso sonido llamado silencio


Cuando estoy muchas veces en la ducha y me veo que no paro de repetir el mismo estribillo de una canción... digo: PARA ! y mi mente calla... por un instante... porque al rato vuelve a hacer run-rún... y lo más seguro que vuelva a tener que insistir en mi aseveración para que vuelva a callar. Al final, con suerte, como un niño pequeño y revoltoso, acaba callando... y a partir de ahí es cuando empiezo a poder disfrutar del silencio...  

Empiezo a escuchar el agua caer... a notar el agua sobre la piel... a saborear delicadamente las gotas que se escapan por las comisuras de los labios... a escuchar a esos pájaros tras la ventana... y es cuando al menos por un instante tomo conciencia del momento, del presente, del aquí y del ahora, sin anclarme en el pasado y sin preocuparme por el futuro... disfrutando del momento.


"Los ríos más profundos, son siempre los más silenciosos." (Curcio)

lunes, 11 de junio de 2012

El poder de uno

Hoy, en el aniversario del acontecimiento, rescato la historia de esta impresionante fotografía que suelo comentar a menudo, para ilustrar hasta donde puede llegar la voluntad, el poder de la mente y el control de ésta sobre el cuerpo... fotografía que realmente encierra mucho más...


El monje ardiendo se llamaba Thich Quang Duc, y se autoinmoló en mitad de una calle de Saigón a plena luz del día durante una manifestación (tal día como hoy 11 de Junio, del año 1963) como símbolo de protesta contra Ngo  Dinh  Diem, líder vietnamita apoyado por EE.UU y que llevó a cabo una campaña antibudista en el sur de Vietnam.

La escena fue presenciada por periodistas estadounidenses, y en concreto, esta impresionante foto ganó el premio Pulitzer el año 1963.

Durante el acontecimiento el monje adoptó la postura de loto y entró en meditación, a continuación otro monje lo roció con un líquido inflamable y le prendió fuego... a partir de ahí comenzó a arder y se consumió sin inmutarse.

Un reportero relató:

"[...] Mientras se quemaba no movió ni un músculo, no pronunció ni un sonido, su compostura contrastaba con los lamentos de las personas a su alrededor."

Curiosamente esta misma imagen fue usada en el primer disco homónimo de "Rage Against the Machine", por su impacto visual y su marcado mensaje de protesta, muy acorde con la tendencia del grupo.

Esta práctica se generalizó entre otros monjes budistas (bonzos), como protesta "silenciosa"... de ahí la expresión "quemarse a lo bonzo".

Para aquellos que quieran ver el video con la cruda secuencia completa, pueden verlo en:


...el poder de la voluntad


"Se puede quitar a un general su ejército, pero no a un hombre su voluntad".

Cuando alguien es capaz de hacer algo así, es para pararse a pensar... denunciar una situación dando tu propia vida, trascendiendo más allá de todo lo humanamente comprensible. Se debe estar muy convencido de ello, sin duda, y tener muy claro qué hacer.

La voluntad es lo que posibilita vencer

nuestras supuestas limitaciones.
En la imagen Oscar Pistorius
Me hace recapacitar en que, en oposición a este ejemplo, más de la cuenta solemos caer en la tentación habitual de pensar que nosotros no podemos hacer nada por cambiar las cosas... que no somos capaces de cambiar ni siquiera nosotros... que una sola persona no tiene fuerza para ir en contra de la mayoría... pienso que muchas veces falta voluntad.

A menudo tiramos la toalla víctimas de la pereza mental que nos embauca haciéndonos pensar que "seguro que me supondría demasiado esfuerzo"... Pensamos que es inalcanzable... y no pensamos, que a veces, nosotros mismo podemos ser el cambio. En otros contextos quizás una voz se puede alzar sobre el resto... una idea se puede hacer valer... y merece la pena probar que el poder de uno se puede hacer valer si se dispone de la suficiente voluntad.

Cuando se piensa que no nos queda nada, quizás deberíamos recordar que siempre nos queda nuestra propia voluntad. Dicen que la fé mueve montañas, y quizás la voluntad pasa por ser la fé en uno mismo.

Por tanto, mi máximo respeto a todas las personas que a lo largo de la historia y actualmente hacen algo por cambiar las cosas, que se esfuerzan por ser mejores, por progresar, por evolucionar, que prueban sin temor a equivocarse... que luchan desde sus respectivas posiciones por un mundo mejor, por un mundo más libre, un mundo más justo... y que dicen lo que hay que decir, hacen lo que otros no se atreven a hacer y tienen la voluntad de ser y ejecutar el cambio, en cualquier ámbito y en cualquier contexto.

¿Qué seríamos de nosotros y del mundo si no mantuviéramos nuestra propia voluntad... (aunque sea menos de la que quisiéramos)? Imaginemos si fuésemos capaces de llevar a cabo la mitad de las cosas que pensamos que "algún día" deberíamos o querríamos hacer... 

Cuando veo que mi voluntad flaquea procuro acordarme de mi madre, una de las personas con más voluntad que conozco (gracias, mamá!). También me suelo acordar de la inspiradora frase de Albert Einstein:

"Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad."


...por tanto, dejemos que fluya.


lunes, 28 de mayo de 2012

El arte de las emociones


No cabe duda de que somos seres netamente emocionales (unos más que otros...), pero si hay algún rasgo que nos caracteriza como personas, entre otros, es que somos seres absolutamente emocionales, al menos, de "fábrica"... después con el tiempo "aprendemos" a capearlas, con mayor o menor éxito... con mayor o menor coste... 

Yo era de los que me preocupaba mucho por guardarme de mis emociones, y sobre todo si no eran consideradas "apropiadas", o no estaban dentro del  marco del estereotipo al que pretendía pertenecer... Aún me autocensuro, pero siempre que puedo (y caigo en la cuenta) procuro que "fluyan"... es natural, o debería serlo... al fin y al cabo hacer lo contrario es negar nuestra naturaleza (sí... lloré en Titanic, aún sabiendo como acababa...).

La influencia de las emociones


Las emociones nos condicionan... o nos potencian. Pueden sacar lo mejor y lo peor de nosotros mismos hasta el punto de hacer de nosotros dos personas totalmente distintas según el momento y la emoción que estemos experimentando.

Del mismo modo, la mujer más dulce puede convertirse en la peor bestia movida por el despecho y el tirano más déspota y ruín puede recapacitar si el arrepentimiento llega a surgir en él.

Somos química, sí, víctimas de una explosiva mezcla en ebullición cuando nos dejamos arrastrar por la ira, rabia, indignación... o plácidos huéspedes inmersos en el más dulce néctar mecidos por la quietud, orden, amor, satisfacción, realización...

Podemos vernos desplazados entre las emociones con absoluta facilidad... sin pensarlo, sin meditarlo, sin recapacitar... instantáneamente... en un parpadeo podemos ir de un extremo a otro inducidos por una circunstancia... sin darnos cuenta, sin control...

Somos seres racionales (supuestamente...), pero toda razón queda aparcada si la emoción adecuada se instala sin ser invitada. Enciende la mecha adecuada y tendrás unos "bonitos" fuegos artificiales (¿quien dijo enajenación mental transitoria...?).

Las emociones, a quien más, a quien menos, nos dominan, muchas veces más de lo que quisiéramos o incluso de lo que es políticamente correcto, pero ahí están...

La pregunta entonces es ¿como podríamos controlarlas...? o incluso es más... ¿como sacar partido de ellas...?

Controlar las emociones


Nuestra mente es caprichosa. Por defecto siempre procura ir por el camino más fácil, directo, sin complicaciones... y por regla general suele ser bastante más independiente de nuestra conciencia de lo que nos creemos, lo que suele fomentar a menudo que las emociones se apoderen de nosotros creando, por ejemplo, una persona violenta, víctima de su propia ira, en lugar de encauzar esa ira hacia algo constructivo (arte expresivo, mayor intensidad en el deporte...).

Las emociones en si no tienen porqué ser negativas, lo negativo es lo que acarrean normalmente por la forma en que las proyectamos.

"No somos responsables de las emociones, pero sí de lo que hacemos con las emociones" (Jorge Bucay)

Contra el concepto de ser víctima de nuestras emociones, está la ecuanimidad, que se puede definir como la capacidad de permanecer serenos ante circunstancias que habitualmente nos alterarían, manteniendo el buen juicio y la objetividad (o lo que es lo mismo... eso que no tienen los niños mal criados...). 

¿Como se consigue? Pues básicamente, como casi todo en esta vida... practicando (también podríamos recurrir al uso de algunas sustancias, pero esa vía, en principio, la dejaremos de lado...). 

No hace falta ser un iluminado para adquirir esta capacidad... igual que no hace falta ser un super hombre para levantar 50 kgs, pero posiblemente la mayoría de la gente no sea capaz de levantar ese peso sin haberse ejercitado antes (al menos con garantías de no lesionarse...).

A nadie se le ocurre presentarse a las pruebas de bombero o policía sin haberse preparado físicamente, pues lo mismo ocurre con la mente. Por defecto, nadie (o casi nadie) tiene el don de la ecuanimidad, pero practicando, se puede conseguir algo bastante parecido, que nos valga, al menos, para buena parte de las situaciones que nos toca vivir día a día.

Una buena práctica para alcanzar un buen nivel de ecuanimidad, puede ser, por ejemplo, meditar. Es impresionante lo que se puede alcanzar practicando regularmente algo de meditación, para intentar al menos que nuestra mente no se vaya más de la cuenta sin nuestro permiso por los cerros de Úbeda, y controlar algo nuestro propio ruido interior.

El propio Dalai Lama dijo:

"Como las emociones son estados mentales, el método para manejarlas debe venir de adentro nuestro. No existe otra alternativa. No pueden ser liberadas por técnicas externas."


Vehículo de la evolución del ser


Además de definirnos como personas, las emociones a veces son valiosísimas. La diferencia entre intentar algo y conseguir algo, muchas veces puede ser la mediación de las emociones.

Cuantas veces hemos vivido de jóvenes (más jóvenes de lo que aún somos...) las pesadas explicaciones del típico profesor aséptico que con su monótono y soporífero discurso no hacía más que hundirte hacia un profundo sueño condenando tu mente al encefalograma plano... Por muy valiosa que fuera su enseñanza, difícilmente iba a conseguir arraigar en nuestra cabeza.


Sin embargo endulza una palabra... apasiónate con lo que dices o haces... genera emociones que provoquen la motivación y a buen seguro el mensaje calará mucho más hondo de lo que imaginamos.

Las emociones a menudo son el envoltorio de lo transmitido. La importancia del continente sobre el contenido. No sólo importa lo que se dice, sino como se dice... lo que se expresa, sino como se expresa... poder decir más de lo que estrictamente se comunica... arte.

¿Qué sería el arte sino la capacidad de expresar una emoción? La emoción plasmada en arte y el arte como medio para emocionar. ¿Cuantas veces nos hemos estremecido al oir una pieza de música o contemplar una bella escultura...? ¿Qué indescriptibles sensaciones y emociones se nos han evocado sin necesidad de transmitir ni una sola palabra...?

Verdaderamente me quito el sombrero ante aquellos que poseen la capacidad de expresar su arte, transmitiendo emociones que consiguen ensanchar el alma de las personas.

Bajo mi punto de vista, eso es precisamente lo que nos define como seres humanos... como personas... Somos seres pensantes y seres emocionales... capaces de compartir esas emociones que experimentamos. Podemos compartirlas destructivamente o constructivamente... y hagamos lo que hagamos siempre será nuestra elección, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello.

"No olvidemos que las pequeñas emociones son los capitanes de nuestras vidas y las obedecemos sin siquiera darnos cuenta." (Vincent Van Gogh)


lunes, 14 de mayo de 2012

El último aliento

Estábamos en clase y nos explicaban qué es el espacio muerto anatómico. Básicamente se trata de un conjunto de vías que almacenan un volumen de aire que no se controla voluntariamente durante la respiración normal, sin embargo siempre está ahí... como reserva... como última reserva a decir verdad, ya que es el último lugar del que se tira cuando el cuerpo se va quedando sin oxígeno y está a punto de decir basta...

En mi caso... he tenido la oportunidad de experimentar lo que es hacer uso de dicha reserva...


La experiencia


Fue en un accidente de tráfico en el que un compañero tuvo que sacarme (al segundo intento...) cuando quedé aprisionado por el cinturón de seguridad (sí, ese que dicen que siempre hay que llevar puesto...) mientras me presionaba el tórax e iba sacando hasta la última gota de aire de mi cuerpo... hasta el último aliento.

En los infructuosos instantes que transcurrieron desde la colisión hasta que mi compañero consiguió sacarme (Vicente, gracias por insistir...), he de decir que hubo un momento en el que llegué a tomar conciencia de que hasta aquí habíamos llegado... que ese era mi final en este mundo y que lo mejor que podía hacer era aceptarlo porque ya se habían quemado todos los cartuchos... o casi todos, porque me equivoqué.


En ese instante el tiempo se dilata... dejas de respirar pero no le haces caso... tan solo piensas que te vas a ir y qué te dejas pendiente, pero que por otro lado... ¿qué importa ya...?


De pronto, cuando ya tienes el cuerpo hecho... la vida vuelve a ti de golpe... de sopetón... cuando ya te habías despedido de ella... como un resorte que se estaba comprimiendo y que salta con violencia...

El aire entra con tanta fuerza que duele... con un caudal que necesitaría tres bocas para poder ser inspirado... con tal intensidad que parece que los pulmones te van a reventar... pero que entra en ti sin pedir permiso...

Metafóricamente las nubes se abren, los querubines tocan las trompetas en una celestial sinfonía y la luz vuelve a ti... una luz que hará que ya nunca veas las cosas igual, al menos en mi caso.


La reflexión


Suena a tópico, pero estas cosas te cambian la vida. Habría que ser demasiado insensible, pienso yo, como para que no lo hagan.

Yo tiendo a pensar que fue "un toque de atención"... una lección que debía aprender. Tenía veinti muchos y pensaba que me iba a comer el mundo... nunca pensé que el mundo me podía comer a mi (y menos de golpe y sin avisar).

El orden de valores cambia radicalmente. Se trastoca de arriba abajo... dejas de encabezar tu lista particular (ocupando primer, segundo y tercer puesto) para dejar lugar a "otras cosas". Procuras ser algo menos egoísta y empiezas a tomar conciencia de "qué carajo hago yo aquí"... al menos, tomas conciencia del camino... (otra cosa es seguirlo...), y procuras reenfocarte.


Procurando tomar conciencia...


A mi modo de ver, intentando sintetizar y sin enrollarme demasiado, pienso que las lecciones más importantes que aprendí tras "el incidente" fueron:
  • Con ayuda se puede salir de todo. No somos más débiles por no ser capaces de hacer las cosas sin ayuda... probablemente seamos más necios si no reconocemos que necesitamos ayuda. Apóyate en quien realmente te quiere y está ahí. Probablemente tú harías lo mismo. Por la misma regla de tres, procura estar ahí para quien pueda necesitar tu ayuda.
  • El cuerpo es frágil... hay que cuidarlo. Nos creemos indestructibles... El cuerpo es una gran obra de ingeniería... pero se rompe. Y además se va rompiendo poco a poco si no se cuida, se degrada... Es el que nos va a acompañar toda la vida... así que además de que seguro que queremos que ésta sea lo más larga posible, que sea también con la máxima calidad (mejor calidad que cantidad, la verdad...). Y si no encuentras la forma de cuidarlo como se merece, al menos, procuremos no abusar de él...
  • No tomarle demasiado cariño a las cosas. El día que nos vayamos, no nos vamos a llevar nada... indudablemente nada material... siento contradecir a los egipcios... Ni siquiera tu vida es tuya... no te pertenece... es un préstamo. Procuremos rentabilizar nuestra más valiosa inversión y pensemos como nos gustaría ser recordados... ¿porque "tuve" o porque "fui"...?.
  • Un día no estaremos aquí. No olvidemos que, como alguien dijo, la muerte está tan segura de su objetivo, que nos da toda una vida de ventaja, pero, sin embargo, el tiempo que podamos disfrutarla sí podemos decidir qué hacer con ella... Procuremos cultivar lo que realmente importa y pasar de lo que no.

Señores... la vida es muy corta como para complicarnos y perder el tiempo con lo que no merece la pena...  y además, como dijo Abraham Lincoln...

"Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años."